Aún sé lo que hicísteis el último verano
es el acusador artículo que publicó en GARA el 25 de julio de 1999 el Director de EGIN Jabier Salútregi.
Jabier Salutregi Mentxaka Director de "Egin"
En el arcón de los sueños, forrados cuidadosamente por el tiempo, existen archivados los recuerdos felices, los alegres y los tiernos. Son imágenes que a nuestra llamada acuden presurosas en ayuda del pensamiento. Y es que a veces nos alivia entrar en nuestro particular túnel del tiempo.
A su lado, inevitables, plegados en nuestra memoria también están los pasajes que nos rompen por dentro, situaciones que perseveran en nuestras memorias y que nos abren de par en par el sentimiento y nos arrastran, sin quererlo, a la nostalgia y a la melancolía. En ocasiones duele el recuerdo y por eso casi se impone el olvido consciente, buscado y autoimpuesto como una censura contra el persistente pensamiento. A veces no nos damos cuenta de que si odiamos la muerte es porque ella es el olvido absoluto, por eso, alimentar la memoria es rescatar de la muerte los recuerdos.
No me olvido del maldito verano del 98. Tengo activa la memoria y se me enciende el recuerdo, pues aún sé lo que hicieron los hijos de la bellaquería cuando se unieron a los padres de la ignominia.
No olvido mis días de prisión, recuerdo la tristeza carcelaria, el horror del mundo de la droga, invento perverso que ha devenido en instrumento de doma para el carcelero. Me acuerdo con infinita tristeza de un montón de sonrisas melladas en rostros de fiereza apagada, tocados por el halo de la muerte aplazada a bombazos de farmacia.
Están en mi memoria aquellas crueles llamadas a la dosis de metadona, regalo instituido, dogal oficial. Y me acuerdo del incesante deambular desmañado de aquellos muñecos rotos, de aquella gente que embota su vida torturada a golpe de "chino" y pastilla. Dormir la vida, vivir dormido en un limbo comprado a veces sin dinero y a veces, mucho peor, con el único que quedaba en sus bolsillos, con las últimas monedas de sus hijos, de sus padres, de sus compañeras.
Vienen a mi memoria nombres y rostros de personas torturadas por la desesperanza, heridas por las leyes, atrapados por las negras telarañas de la ignorancia. Hermanos que comparten "chabolo" y condena, padres e hijos que juntos se drogan y que juntos cumplen sentencia. Hermanos, padres e hijos, madres, novias y nietos que se lanzan mensajes de amor y desamor por entre sucios cristales, mediante una transferencia meticulosamente observada que destroza, consciente, el sueño de la intimidad.
Veo el patio sucio y descascarillado en el que dejé millones de pisadas, pasos perdidos para la libertad. Lugar donde se airean las pesadillas, donde la complicidad absorbe los lamentos, donde la verdad, cada una de las verdades, surgen a ritmo de paseo. Al paso taleguero, a veces, brotan las respuestas que no pudieron oír ansiosos oídos de guardias. Y suenan suaves, espantosamente normales, comprensibles... Humanos. Perdonables.
Y no me olvido de los sueños de aquellos dormires profundos y casi ansiosos.
Sueños "agujereados de despertares", como un argentino genial señaló con certeza, y que casi con toda seguridad lo supo definir por recalar algún día en calabozo de prisión. Recuerdo sueños de esperanzas reprimidas, pues la ilusión de la libertad está prohibida en la prisión. Y recuerdo todavía con angustia la más perversa de las pesadillas carcelarias: soñaba que estaba durmiendo en la prisión, soñando que soñaba mientras dormía en la prisión.
Me despertaba en el chabolo perdida mi fe en los mecanismos de la razón.
Y están en mi memoria las tediosas horas concedidas a las "instancias", invento diabólico cuyo objetivo es horadar la paciencia de quien dispone de todo el tiempo del mundo, pero que a pesar de ello sucumbe presa de la desmoralización que impone la burocracia infinita. Instancias para estudiar, instancias para que los tuyos te visiten, instancias para llamar por teléfono, instancias para palpar la vida durante unos minutos con la punta de los dedos.
Me acuerdo de Fonti que nunca "derrotó" ante la llamada de la metadona. De Patricio, un hombre nacido para hacer películas y cuya sensibilidad no tenía cabida en la prisión. Y siguen conmigo, para siempre, Oskar, Juan Mari, Iñaki, Lander y Jose, el chaval de Derio que cuando me dijo que me iba a poner "en forma" me hizo temblar de miedo. Y me puso en forma, por fuera y por dentro.
Aún recuerdo lo que hicisteis el último verano. Cerrasteis "Egin", asesinasteis la palabra y a mí me disteis la oportunidad de saber por qué he luchado durante veinte años y forjar amistades de hierro. El cierre de "Egin" no se olvida, pues se grabó a fuego en la memoria colectiva que es como permitir que se os escape de entre los dedos la idea y el objetivo: Seguimos, seguiremos.
![]() |